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Por culpa de Quillo

Hola, ¿os acordáis de mí? Soy Carolina, vivo en “La Zarzuelita” con mis padres, mis abuelos, y mi hermano Felipe que es muy pequeñajo. Ayer se ha quedado a dormir con nosotros nuestro primo Tomás, que tiene también cinco años como yo.

Mis tíos se han ido de fin de semana y se va a quedar con nosotros hasta el domingo.

Esta mañana al despertarnos, bajamos a la cocina y qué raro…, no estaba Quillo, nuestro perro, que siempre viene a darnos los buenos días. Se levanta cuando nos oye andar por casa y nos recibe en la cocina.

Como es sábado, en casa nadie madruga, pero Tomás y yo hemos ido a despertar a mis padres. Papá nos mira con un ojo cerrado y otro abierto y me dice:

– ¿Qué pasa niños?

– Papi, que Quillo no está en casa, que se ha escapado!.

– No te preocupes. Volverá.

Se da media vuelta y vuelve a dormir. Aunque trato de que se despierte, mi padre respira otra vez tan fuerte como un oso y sigue durmiendo. Mami ni se ha movido, así que pensamos otro plan para buscar al perro.

Mi hermano Felipe también duerme hecho un rollito, pero a él es más fácil despertarle:

Le quitamos el chupo, le soplamos en la cara, le hacemos perrerías y le decimos que nos espera una aventura. Felipe abre mucho los ojos y hace un ruido raro, pero parece contento porque su hermana y su primo, se lo lleva de aventuras, a él, que no es más que un renacuajo.

Le vestimos para salir a explorar y le ponemos una visera que nos regaló un día una chica que ofrecía paté con unos panecillos en el súper. Pobre Felipe, la gorra le tapa media cara, pero me parece que le queda a juego con el pijama, y se la dejamos. Así que ponemos las botas del jardín y allá vamos.

Llevamos de todo por si nos perdemos: una linterna, el llavero del abuelo que tiene una navaja roja de la que salen un motón de cosas, y tiene hasta sacacorchos. También llevamos unas galletas por si nos entra el hambre.

Felipe es un patoso y se cae unas cuantas veces por el camino. Pienso que no teníamos que haberlo llevado, pero ahora ya es tarde y estamos cargando con él.

Es tan temprano que hay mucha niebla en el jardín y cuando respiramos parece que estamos fumando, porque echamos humo por la boca. Así que gritamos:

.- Quillo!, Quillo!, y nos entraba la risa.

Felipe se ha ido de nuestro lado y cuando nos damos cuenta se ha caído en un arbusto que hay cerca de la entrada. Está llorando, parece que se ha hecho daño y el pijama está enganchado. Así fuerte, como el velcro de los zapatos que se agarra y no se suelta. A Tomasín y a mí nos entran unos nervios terribles, porque nos miramos y no sabemos qué hacer, y a mí me apetece llorar, pero me aguanto las ganas porque luego mi primo seguro que me lo recuerda, y no me va a gustar.

Ahora tengo que dejaros, porque me están entrando ganas de hacer pis y mi abuela dice que es malo esperar, así que me voy corriendo. En otro ratito os sigo contando…

 

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